jueves, 12 de abril de 2007

Alegría de vivir (Cuento breve sobre escucha activa)

“Ahora siento y pienso adentro lo que habrá dentro de mí,
yo la busco y no la encuentro, mi manera de sentir,
mi manera de sentir, mi manera de sentir,
yo la busco y no la encuentro, alegría de vivir.”

La barbería del Sur



Julio escuchaba esta canción una y otra vez. Se sentía un poco perdido y quería sumergirse (quizás ahogarse) en la profundidad de su sentimiento. Creía que mágicamente surgiría un remedio, y que con ello despertaría de su tristeza y la vida le sonreiría nuevamente.

Un día no pudo más y confesó a Gustavo, su mejor amigo, que sentía que esta vez no podría levantarse. Gustavo escuchó atentamente y supo que tendría que hacer algo más que simplemente asentir con su cabeza, decir despreocupadamente “que ya lo malo pasaría” o indicarle a su amigo la receta que con tantas ansias estaba esperando. Julio necesitaba mucho más. Podía percibirlo en sus gestos, en su voz, en su mirada.

Sin pensarlo mucho, Gustavo planificó un fin de semana en el Ávila, donde de niños habían acampado tantas veces. Julio no estaba muy convencido de que eso fuese a ayudar, pero aceptó. No perdía nada con ir. Era eso, o escuchar canciones melancólicas todo el día.


El sábado a primera hora de la mañana, Julio y Gustavo iniciaron el paseo que los llevaría hasta Galipán. Gustavo no había pronunciado una sola palabra en todo el camino. Julio se sentía un poco desconcertado. A mitad de camino, llegaron a una explanada, desde la cual podían divisar Caracas, lejos del ruido y el ajetreo. Gustavo pidió a su amigo que le indicara que veía.

Julio bromeó:
- Veo a Caracas de la manera que más me gusta, tranquila a la distancia.





Horas más tarde, con una taza de café caliente entre sus manos, Julio preguntó a Gustavo porqué había estado tan callado todo el paseo. Gustavo dijo:

- Presumí que ibas a preguntar esto. Sabes que hablo mucho, pero esta vez quería escucharte, y más importante que eso, quería que te escucharas a ti mismo.
- ¿Escucharme a mí mismo?, dijo Julio.
- Cuando te pedí que me dijeras que veías desde la explanada, comentaste que veías tranquilidad a la distancia.
- Sí, eso dije.
- ¿Cómo te sientes cuando estás en medio de Caracas, entre la gente, el tráfico, sin poder pensar?, preguntó Gustavo.
- No muy distinto de como me he sentido toda la semana.
- ¿Crees que podrías hacer algo para sentirte tranquilo a la distancia, con tus problemas?
- No lo sé, me cuesta pensar que puedo sentirme nuevamente alegre.
- ¿Cómo te sientes ahora?
- Sin duda, ahora estoy alegre, pero no puedes comparar estar acá, en medio de este paraíso y estar allá abajo, donde están mis problemas esperando.

- ¿Por qué tus problemas no están acá contigo?

- Ya te lo dije, porque me siento alegre. Estoy acá con mi mejor amigo, la tarde está espectacular, escuché nuevamente el cantar de los querrequerres que hace tiempo ni veía, me reí mientras los niños jugaban en la quebrada y sentí la brisa de la montaña en mi rostro.

- ¿Escuchaste lo que acabas de decir Julio?
- No he dicho nada importante.
- Sí que lo has dicho. Yo acabo de escucharte decir que tus problemas te dejan tranquilo cuando te sientes alegre.
-¿Qué te parece si intentas imaginar que te colocas las gafas de la alegría, para sentirte bien allá abajo, en la ciudad?
- No me parece sencillo Gustavo, aunque debo reconocer que tienes la razón. No me he escuchado en mucho tiempo, ni he escuchado a amigos que como tu, me han ofrecido alternativas. Simplemente me he dedicado a juzgar negativamente lo que me han dicho. Sé lo que debo hacer para sentirme mejor, pero no he hecho nada.
- Por esto te traje acá. Sabía que para “escucharte más” debía “hablar menos”.
- Me conoces bien, finalizó Julio, quien luego de un silencioso viaje había escuchado más de lo que pudo imaginar.



noely urbáez
urbaezn@hotmail.com


Dedicado a A. N.